“Las andanzas del sarape”

Por Jacobo Sefami

Mis papás estaban furiosos cuando les dije que me quería ir a un kibutz. Lo había arreglado todo en secreto, yendo a la Sojnut a tramitar mis papeles, a que me consiguieran un sitio en Israel. Tenía un boleto de ida porque tenía ganas de viajar después por Europa y conocer el mundo. Con mis 17 años, ellos debían firmar no sé qué documentos. Al principio dijeron que de ninguna manera me dejarían ir, pero luego, al ver la meticulosa organización de mi viaje y mi determinación, pensaron que la batalla estaba perdida. Con Abram habían peleado infructuosamente por más de un año. Así, mamá pasó de los gritos al llanto, y del llanto a los besos interminables. Yo, mientras tanto, iba y venía arreglando los últimos detalles del itinerario. Un día antes, Abram me dijo que me comprara un sarape en La Lagunilla porque después lo podría vender al doble o triple de su precio cuando viajara por Europa. Me compré uno negro, con flores llamativas rojas, amarillas y verdes, cosidas a mano. Por curiosidad, me lo probé de inmediato para ver qué se sentía ponerse algo así; no me gustó lo pesado de la tela ni su áspera textura. Como el sarape era muy bultoso no cupo ni en la mochila ni en la bolsa en que me llevaba mis cosas. Estaba un poco arrepentido de la compra, pero me dije que después me compensaría cuando lo vendiera. Regresé a la casa y le dije a mamá enseñándoselo: “Si me falta dinero, vendo este sarape y asunto arreglado”. Blanca, la muchacha de la casa, intervino para decirme que eso no era un sarape sino un jorongo de mariachi. Yo le respondí con cierta insolencia, “Ah, ¿sí?, ¿y tú cómo sabes?”, aunque dude si era realmente un sarape, un jorongo o un poncho.

Toda mi familia me fue a despedir al aeropuerto. Entre los sollozos de mamá, los gritos de papá que me advertían de los miles de peligros y los consejos de Abram que seguía señalándome el recorrido ideal para buscar trabajo en Europa, me subí al avión y sentí que a partir de ese momento yo era yo solo, y no habría nadie que se encargara de mí.

No sé por qué le había hecho caso a Abram de pasar un par de días en Nueva York. Fui directamente a la oficina de El-Al y les pedí que me guardaran el equipaje por los dos días, así no tendría que estar cargándolo. Al salir a la calle para tomar el autobús a Manhattan, me di cuenta que se me había olvidado mi chamarra en México.  Era el 23 de diciembre de 1975; hacía mucho frío y había comenzado a nevar. No tuve más remedio que ponerme el sarape para salir a la calle. Fui a Rockefeller Center para ver los adornos navideños que según el del hotel eran una visita obligatoria para todos los turistas. A pesar de que estaba colmado de gente, mi sarape llamaba la atención: unos me miraban de soslayo, casi sin querer, pero otros venían y me decían “How beautiful!”, y se acercaban para tocar la tela. Aun había los que me gritaban “Hey you, Mexican, how much do you want for your poncho?” Yo no sabía cómo reaccionar, salvo que caminaba más rápido por si acaso a alguien se le ocurriera quitármelo a la fuerza.

Después, ya en el avión a Israel, pensé que no había sabido aprovechar mis días en Nueva York, yendo de calle en calle sin rumbo, muriéndome de frío con un sarape que no calentaba nada. El avión aterrizó de madrugada en Tel Aviv; al poco tiempo me asignaron –junto con otras dos personas que iban a sitios distintos– un chofer en una camioneta que me llevaría al kibutz. En medio de la oscuridad del camino, me traté de imaginar cómo sería mi vida a partir de ese momento. Llegamos cerca de las siete de la mañana. La encargada del Ulpán me asignó un cuarto que debía compartir con un argentino. Dijo que, como los dos éramos “sudamericanos”, nos llevaríamos muy bien.

Yo me eché en la cama y, como tenía tanto frío, usé el sarape como cobija. No sé cuántas horas dormí, pero sí recuerdo que cuando el argentino me vio al abrir la puerta del cuarto, comenzó a maldecir y a quejarse de la suerte de haber viajado tanto para que le pusieran a un mexicano como compañero de habitación. Intenté hablar con él, pero me dejó con la palabra en la boca diciendo que iría de inmediato a la oficina para pedir un cambio. No sé qué tanto alegó, pero al día siguiente llegó al cuarto otro “sudamericano”: se trataba de José, un salvadoreño de padres no judíos interesado en experimentar el socialismo del kibutz. A él le encantó mi sarape y me pidió que se lo prestara para salir al comedor esa noche. Yo ya había comenzado a odiar el poncho, por lo que le dije que si quería se lo prestaba por el resto del invierno. A cambio, el salvadoreño me prestó su chamarra verde olivo, que de inmediato fue de gran alivio porque estaba muy calientita.

Fuimos juntos al comedor esa noche y noté que las compañeras del Ulpán miraban a José con mucha curiosidad. Una de ellas se acercó para tocar la tela del sarape y comenzó a coquetear. A mí nadie me miraba a pesar de que era mi primera noche en el comedor. Al poco tiempo, José tenía una novia a la que le gustaba meterse dentro del sarape para besuquearlo, y a mí me dio cierta envidia. Después de una semana quise romper nuestro trato, pero José ya estaba muy encariñado con el sarape y con su novia. A Irwin, un loco neoyorkino que se la pasaba drogado la mayor parte del tiempo, yo le caía muy bien, quizá porque yo no hablaba mucho y a él le encantaba sentarse conmigo para ver las estrellas. Me decía hameshuga hameksikani o the crazy Mexican y los dos nos carcajeábamos de risa hasta que la maestra Dorit se enojaba y nos sacaba de la clase. Yo aprendía inglés y hebreo simultáneamente porque la gran mayoría de los compañeros de clase eran de Estados Unidos y cada vez que nos presentaban una nueva palabra ellos pedían su traducción al inglés. Trabajaba todas las tardes en la cocina quitándoles el pellejo a los pollos y pelando cebollas. Aviva se acercaba de vez en cuando a ayudarnos y eso me hacía muy feliz. El día que finalmente convencí a José que me devolviera mi sarape yo estaba muy contento y pensé en ponérmelo para hablar con Aviva por la noche. Cuando me aparecí en el comedor, todos me miraban como si yo fuera un ladrón; pensé en ir a cada una de las mesas para explicarles, pero me di por vencido de inmediato y le devolví el sarape a José para que lo usara el resto del invierno.

Aviva venía a la cocina y me gritaba “arriba, arriba”, y me llamaba “Speedy González”. Cuando se acercaba Pésaj pregunté si habría matzá y si la gente respetaría las restricciones. Se burlaron de mí y me dijeron que casi todos los kibutznikim eran ateos. A Aviva le hacía mucha gracia que el meksikani quisiera tener comida kosher de Pésaj. Un día la invité a mi cuarto a escuchar música de Pink Floyd, aprovechando que José se había ido el fin de semana con otra chica del Ulpán a Haifa. Aviva vino al cuarto más por curiosidad que por interés en mí. Le daba risa que me gustara ese tipo de música y no la mexicana. A José se le había ocurrido colgar el sarape sobre la pared, así que cuando Aviva entró al cuarto, me dijo que si ya estábamos en México. Yo le contesté que le podía enseñar más de mi país si me dejaba besarla. Quizá movida por el exotismo de encontrarse con un mexicano, Aviva dejó que tentara su piel. Yo tenía algunos pequeños callos en las palmas de las manos, por lo que temí que mi aspereza le molestara, pero tal vez Aviva estaba acostumbrada a la gente que trabaja el campo en el kibutz y no dijo nada. Cuando intenté desvestirla, ella me dio un beso rápido y me susurró en el oído antes de salir. “Otro día, México, ahora no.”

Me quedé en mi cuarto muy alborotado sin saber qué haría para convencer a Aviva de estar juntos. A los pocos días, ella apareció en el comedor de la mano del argentino. José me animó diciéndome que haría una fiesta en el cuarto para que se me pasara el coraje. Ese viernes vinieron casi todos los compañeros del Ulpán; se habían traído todas las botellas de vino del comedor que pudieron y alguien había conseguido del pueblo más cercano una botella de tequila. Todos miraban el sarape y me gritaban “ajúa” antes de tomarse sus vasitos de tequila de un solo trago. Yo también me puse alegre y, al final, comencé a bailar saltando con el rock que habían puesto a todo volumen. Mark se burló indicando que yo era un Mexican jumping  bean. No entendí bien qué era eso. Al final de la fiesta se acercó Deborah y me hizo olvidar a Aviva.

Dejé el kibutz en octubre y me embarqué en Tel Aviv rumbó a Atenas. Me uní a un grupo de mochileros y fuimos a un hotel donde pagamos un dólar por dormir en los pasillos. Allí conocí a dos escoceses que, al mirar el sarape, me llamaron Pedro; de nada me sirvió que los corrigiera dándoles mi nombre y mis apellidos. Viajamos una semana juntos acampando en Kerkira, una de las bellas islas griegas. El sarape ya era para mí un estorbo; no sólo era muy pesado, sino además había perdido el vigor de sus colores originales. Lo puse sobre la tierra para dormir más cómodamente sobre el sleeping bag. De Grecia pasé a Italia y de Italia a Suiza. Llevaba las instrucciones de Abram que me había señalado que debía buscar trabajo en la parte francesa de Suiza. Sin embargo, no había nada; ya no necesitaban a nadie para las cosechas. Me fui a visitar a Stefan, un amigo del kibutz que vivía en Basilea. La madre me lavó toda la ropa, incluso el sarape que recobró con ello un poco de su vigor original. También fue una delicia poder bañarme y usar toallas limpias.

A los pocos días, Stefan me llevó a un restaurante donde buscaban a una persona que limpiara las mesas. Me comenzaron a hablar con cierto desdén en italiano, por lo que tuve que aclararles que yo hablaba español y que era de México. De inmediato, noté un cambio de actitud. Me dijeron que si me cortaba el cabello (que ya me llegaba al hombro) me contratarían. Esa noche Stefan me acompañó al departamento que compartían dos turcos y un yugoslavo; les renté, sin pensarlo mucho, un cuarto sin ventana. En el edificio había muchos inmigrantes y todos me hablaban en turco hasta que notaban que yo sólo movía la cabeza asintiendo a todo, pero sin poder contestarles nada. Nadie le podía creer a Dursun, uno de mis compañeros, cuando les decía que yo era mexicano. Muchos pensaban que me hacía el mudo porque ocultaba algo o porque huía de algo escabroso que habría hecho.

Empecé a ir a un bar donde traían grupos de jazz cada fin de semana, y fui conociendo poco a poco gente de todas partes de Europa. Tenía una barba tupida y negra, y mi cabello había vuelto a crecer; usaba una chamarra gruesa color azul marino y unos zapatos en forma de botas que me había comprado en un mercado de segunda mano. En la calle, los viejos me miraban con suspicacia y las señoras preferían cruzarse de acera cuando me veían a lo lejos. Pero los jóvenes se me acercaban y me hablaban en suizo alemán, preguntándome cosas que yo no entendía hasta que por señas (abrían los ojos más de la cuenta e imitaban una inhalación profunda que retenían en los pulmones) me daba cuenta que buscaban hashish. Yo les sonreía y seguía mi caminata en medio de la noche invernal.

Un día llegué a mi cuarto muy tarde, después de haber pasado unas horas fenomenales en el bar, con un grupo de música irlandesa. Dursun tenía mirada de pavor; alguien había entrado al departamento a robar y se había llevado todo lo que había de valor. Corrí y busqué infructuosamente mis francos suizos que había ahorrado durante esos meses y que guardaba bajo el colchón. Llego la policía para investigar. No sé por qué sacaron mi sarape del ropero. Uno de ellos me dijo que lo acompañara y me subió a la patrulla. Dursun miraba incrédulo la escena, incapaz de ayudarme ni explicarles nada porque no hablaba alemán (entre él y yo hablábamos una lengua rarísima que mezclaba palabras del italiano, español e inglés). Ya en la estación, uno de los policías me comenzó a interrogar en inglés. Yo estaba muy exaltado porque me habían robado todo mi dinero y sólo atinaba a repetir la cantidad de francos que se habían llevado.  Me enteré que alguien les había dicho que un mexicano sospechoso vivía en el edificio y que seguramente había cometido otros crímenes. Era tan patética la acusación que comencé a reírme desarticuladamente. El policía creyó que me estaba burlando de él y se puso muy serio a cuestionarme desde mi llegada a Suiza. Me dijo que me tenía que deportar de inmediato por estar en el país ilegalmente. Le pedí que al menos me dejara recoger mis pertenencias. Le llamé a Stefan para ver si él o su familia me podían ayudar. De nada sirvió todo lo que les dijo la madre de mi amigo. El policía me acompañó a recoger mis cosas y notó que empacaba mi bolsa de terciopelo con la estrella de David en que mamá me había forzado a llevar las filacterias para rezar. Él no podía entender la asociación entre mi pasaporte y esos objetos del rito religioso judío.

Esa madrugada yo estaba en el tren que iba a Hamburgo, otra vez con mi sarape porque para colmo se habían llevado también mi chamarra. Me recibió Tineke, una voluntaria holandesa del kibutz, que me había dicho que si pasaba por Alemania la llamara. Después de que le conté todo, me consoló diciéndome que habría una fiesta en su casa esa noche porque celebraba su cumpleaños. Tenía una gran estancia en el sótano, con sofás cómodos y música. A las diez comenzaron a llegar varias muchachas que parecían sacadas de revista de belleza. Le comenté a mi amiga en broma que si era una reunión de modelos, y ella me contestó que cómo lo sabía. Una de ellas sacó un cigarrillo de hachís y muy pronto todo derivó en una sensualidad que colmaba el ambiente de la estancia. De repente comenzaron a besarse entre ellas, mientras se desabotonaban las blusas. Yo miraba desde un rincón oscuro, sin que se percataran de mi presencia, hasta que Tineke me vino a señalar y a presentarme como el mexicano que conoció en el kibutz. Ellas reían divertidas y me decían que yo era como un oso de peluche y venían a tocar el sarape. Eso precipitó que intentara besar a Elvira, una de las que había llegado al principio y que se había mostrado muy cariñosa conmigo. Su cabello largo y negro, y sus ojos azul turquesa me tenían embobado.  Pero Elvira comenzó a gritar desaforada; Tineke se enfureció y por más que le pedí disculpas y le rogué que me dejara aunque sea pasar esa noche en su casa, no me fue posible convencerla.

A los pocos minutos ya estaba en la calle, con mis bolsas, sin saber qué hacer ni adónde ir. Caminé toda la noche sin rumbo, muy consternado por mi situación tan precaria.

Al día siguiente decidí que era hora de vender el poncho para continuar con mis viajes en Europa. Conseguí una hoja de papel y le puse un alfiler con números muy grandes “100 marcos”. Me puse en una esquina pensando qué podía hacer con el dinero. La gente me miraba con curiosidad, pero no se detenía a preguntarme nada. Estuve así dos o tres días, sin ningún éxito, durmiendo en un parque con mi sleeping bag, y comiendo pan con queso.

Desesperado por mi situación, le telefoneé a mamá para pedirle que me mandara urgente el boleto de regreso a México. Ella agradeció a Dios que por fin había reaccionado y regresaba a casa. En el aeropuerto, fui a una tienda de productos folklóricos alemanes. Les ofrecí mi sarape por diez marcos; a la encargada le divirtió mucho mi ocurrencia y sacó de su bolsillo el dinero. Me dijo en inglés que se lo regalaría a su novio para ir a una fiesta de disfraces. Antes de partir, me compré un chocolate enorme alemán con los diez marcos, y durante todo el trayecto de regreso, estuve disfrutando lo dulce de mis andanzas con el sarape.

 

 

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