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La banalización de la Shoah

Debates en torno a la banalización de la Shoa, en el espesor de la trama

Por Gustavo Efron

Al hablar  de la banalización de la Shoa, usualmente se hace referencia a los modos en que un acontecimiento extraordinario de magnitudes inaprehensibles se ve transformado en una herramienta de comunicación en un ámbito de carácter ordinario, trasladando así de manera utilitaria sus sentidos, sus íconos, sus referencias simbólicas más trascendentes hacia un escenario cotidiano.

Se alude así a la tendencia a la descontextualización de las referencias a la Shoa, que en una operación manifiesta e intencional la lleva al fragor de las disputas políticas, ideológicas, semánticas. La apelación de este dispositivo representacional es al “mal absoluto”. Un mal inconmensurable cuya proyección a situaciones, personas, organizaciones y gobiernos parece resultar un “arma letal” en la construcción de un enemigo en el campo de batalla de la semiótica política.

El término tiene sus orígenes en las crónicas sobre el juicio a Adolf Eichmann que  la filósofa Hannah Arendt enviara en 1961 al semanario New Yorker,  que fueran publicadas en 1963 como “Eichmann en Jerusalén. Un informe sobre la banalidad del mal[1].  A partir de observar la figura de Eichmann, Arendt intuye que el mal es banal porque es un hecho cotidiano. Las industrias de la muerte no se constituyen como un hecho ideológico, sino como parte de una maquinaria administrativa en la que cada uno de sus eslabones cumple una función, que en sí misma es insignificante pero que en su conjunto conforman la construcción de un sistema genocida. No son monstruos las personas que constituyen los nodos de esa red, son seres comunes sujetos a un tiempo que los sobredetermina. Pero no vamos a poner en cuestión este término, sobre el cual pesa medio siglo de debates:  lo vamos a situar como el origen de un concepto que ha sufrido transformaciones: de esa “banalidad” a la actual “banalización” hay un clivaje de sentidos: la primera exculpa al sujeto de la responsabilidad, mientras que la segunda lo señala, lo sindica en una hipérbole como la representación de la mayor perversión. Hay un sentido inverso en ambos procesos: la banalidad reduce lo político a lo administrativo, la banalización transmuta la trascendencia de lo simbólico en instrumental.

Ahora bien: ¿La Shoá debe ser considerada un hecho tan sagrado y ajeno a la humanidad cotidiana que sus sentidos no pueden ser proyectados a otros escenarios contemporáneos? ¿No pueden establecerse lazos simbólicos con otros ámbitos y territorios en otro tiempo y espacio? ¿Toda referencia en el lenguaje cotidiano a la Shoá es banalización? ¿La Shoá puede ser pensada sólo como un acontecimiento único, incomparable? De ninguna manera, eso sería despolitizarla y quitarle su densidad en el devenir de una historia que está en permanente desplazamiento. Me gusta recordar aquí a Sygmund Baumann cuando señaló en su libro “Modernidad y Holocausto”[2] que la Shoá no ha sido una disrupción en la modernidad, una excepción y una ruptura absoluta, sino una de sus posibilidades, de las más extrema y de consecuencias más terribles para la humanidad. Lo político tiene inscripciones concretas, en escenarios, y la Shoá –como ha sido expresado- debe ser pensado como una manifestación de lo político desde una perspectiva socio histórica. Y aquí quiero introducir un concepto, que me gustaría denominar “la banalización de la banalización de la Shoá”, porque cuando todo es banalización, nada lo es.

Muchos de los acercamientos a la Shoa, desde diferentes ámbitos (cine, educación, museología, historia, arquitectura…) cargan sobre su mochila dilemas recurrentes: ¿Cómo representar aquello que permanece en el terreno de lo sagrado? ¿Cómo nombrar eso cuyo sentido más profundo parece no poder ser capturado por las palabras?  ¿Cómo dibujar el vacío? ¿Cómo hacer para no encapsular el recuerdo en las tramas del ritual y el estereotipo?  ¿Cómo demarcar los borrosos límites entre el homenaje, el ejercicio de la memoria, y el uso y abuso?  ¿Acaso la sola traducción de la Shoá a un ámbito cotidiano pueda ser tomado como una suerte de ultraje?

Pero entonces, si nada de esto se pudiera, y si la Shoá no pudiera ser representable ni comparable con nada: ¿Cómo dimensionar en términos políticos sus anclajes, sus sentidos, sus relaciones con las prácticas concretas de personas tangibles, de carne y hueso?  ¿Cómo develar intereses, buscar explicaciones, y procurar conocer lo cognoscible para aprender algo de esta experiencia traumática?

Así, pese a todos los riesgos que ello conlleva, la Shoá ha sido representada, pensada y proyectada de múltiples maneras. Pese a la pérdida de algún sentido último (alguna esencia, si algo así existiera), la opción ha sido comunicar, trascender. Y en esas representaciones, algo –o mucho- queda en el camino.  Ahora, una vez que se decide comunicar, proyectar, establecer lazos, hay que ver los sentidos e inscripciones de esa comunicación, sus usos y abusos.

Y es allí donde podemos ubicar la problemática de la banalización. En el sentido concreto de lo contingente, en el ámbito de la lucha por el sentido de las palabras. Banalizar la Shoá es quitarle su densidad y vaciar el espesor del lenguaje que la representa en determinados contextos de sentido. La Shoá está impregnada en el discurso público, es una máxima, un barómetro de la ética, de lo incomprensible, del límite de lo posible. Y por eso, siempre es una referencia. Poder distinguir cual es un uso especulativo y maniqueo y cual es una recuperación potente, explicativa, educativa, es un proceso complejo y requiere un esfuerzo de pensamiento y de interpretación, que excede toda taxonomía y cartografía. Exige a los sujetos y las instituciones salirse un poco del lugar autorreferencial para pensarse en la complejidad de la trama. Ese es el desafío.

[1] Arendt Hannah (1963) Eichmann en Jerusalén: un estudio sobre la banalidad del mal. Lumen. 2012

[2] Bauman, Zygmunt (1997) Modernidad y Holocausto. Madrid: Sequitur.

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